lunes, 9 de junio de 2014

III Concurso de Microrrelatos: Derecho al Olvido y Calcetines

Tras el éxito de la segunda edición, la Dirección de Ad Edictum convoca el III Concurso de Microrrelatos. Las reglas son sencillas (o ese espero):
- Los relatos deben tener una extensión máxima de 160 palabras, título excluido.
- Deben incluir necesariamente los términos "Derecho al Olvido" y "calcetines".
- Pueden ser enviados mediante comentario en este post o por correo electrónico a consultasblogtic@gmail.com.
El ganador tendrá un premio muy bonito.

15 comentarios:

Anónimo dijo...

Era inevitable.
Mucho tiempo después de que Aureliano Buendía hubiera pagado sus deudas con la sociedad y con Dios, su nombre seguía apareciendo ligado a tan infame asunto en diversas páginas de Internet. Alguien, alguna vez, le había hablado del Derecho al Olvido. Y ahora ahí estaba él, solo, sentado en una hamaca en el jardín de la casa que fue de su padre, que fue de su abuelo antes, a punto de completar el formulario de Google. Sin ceremonias, a pesar de la trascendencia del hecho, pulsó el botón de enviar. Se quedó mirando el cielo, a punto de llover. Continuaba sentado, en silencio, en calcetines. Se puso los zapatos y entró en la cocina. El olor a almendras amargas, mezcladas con café, le recordaba siempre los destinos contrariados. Era inevitable.

La Manoli

Anónimo dijo...

Un día cualquiera

Llovía a cántaros. Acababa de meter los pies en un charco. Con los calcetines empapados, los zapatos hacían un ruido irritante. Por fin llegó al Boulevard Konrad Adenauer. No le importaba lo más mínimo ni Google, ni la protección de datos, ni el Derecho en general. Tan sólo quería terminar esas malditas conclusiones en las que llevaba trabajando seis meses.

“¡Quién me mandaría a mí postularme para este puesto! Debería haberme quedado el negocio de renos de mi tío Olaf.”

A las diez y media, llamaron a la puerta del despacho, como siempre:

“¿Don Niilo, se toma Usted un cafelito esta mañana?”

“Claro que sí, y un pinchito de tortilla”.

En Luxemburgo y en Madrid, los funcionarios son iguales.

Para más información, consulten la Wikipedia: http://en.wikipedia.org/wiki/Niilo_J%C3%A4%C3%A4skinen

Anónimo dijo...

Eran las 21:35 cuando llegó a casa. El día había sido muy duro. Pensó en su cliente, aquel al que había recibido en su despacho a eso de las 7 de la tarde. Se preguntó si al final sus esfuerzos para hacer efectivo el derecho al olvido de aquel pobre hombre tendrían un final feliz. Se deshizo el nudo de la corbata, preparó un triste sandwich para cenar y buscó la foto. Tenía la esperanza de que ya no estuviera en las primeras páginas del buscador. No fue así. Se quitó los calcetines y fijó la mirada en su pie izquierdo; ahí seguía esa maldita cicatriz que se hizo en el verano del 91. Sintió de nuevo el dolor de la patada que le había dado a aquella piedra al tirar el penalty decisivo. Miró otra vez a la pantalla del pc y se preguntó cuántas víctimas más de aquel canto le quedaban por conocer..

Anónimo dijo...

Eran las 21:35 cuando llegó a casa. El día había sido muy duro. Pensó en su cliente, aquel al que había recibido en su despacho a eso de las 7 de la tarde. Se preguntó si al final sus esfuerzos para hacer efectivo el derecho al olvido de aquel pobre hombre tendrían un final feliz. Se deshizo el nudo de la corbata, preparó un triste sandwich para cenar y buscó la foto. Tenía la esperanza de que ya no estuviera en las primeras páginas del buscador. No fue así. Se quitó los calcetines y fijó la mirada en su pie izquierdo; ahí seguía esa maldita cicatriz que se hizo en el verano del 91. Sintió de nuevo el dolor de la patada que le había dado a aquella piedra al tirar el penalty decisivo. Miró otra vez a la pantalla del pc y se preguntó cuántas víctimas más de aquel canto le quedaban por conocer..

Anónimo dijo...

Cada mañana, tras una noche cada vez más oscura, al levantarme busco incansablemente mis calcetines, dónde los pondría ayer... Percibo que la memoria me va abandonando, sin piedad alguna, voy derecho al olvido.

Anónimo dijo...

No sé si os lo he contado antes, pero no puedo dejar de pensar en ello. Desde por la mañana temprano, cuando me pongo los calcetines. Primero, el derecho. Luego, el izquierdo. En el autobús. Siempre. Y tomando café. Y subiendo la escalera, sin instrucciones. Un algo en mi cabeza, poco nítido, pero punzante. Duele recordarlo. Todos deberíamos tener derecho al olvido.

Fdo. La prima de la Manoli.

Anónimo dijo...

Pese a que mantuvieron una intensa vida sexual, él siempre tuvo que tragar con una costumbre de ella que nunca soportó: hacía el amor en calcetines. Acabaron mal, se mandaron a freír espárragos y él abrió un blog en el que relataba su perversión.
Cuando lo leyó, ella dio gracias al TJUE y al derecho al olvido.

Ad Edictum dijo...

Un lector que dice ser La Manoli (y no sé por qué no me lo creo), envía por e-mail este microrrelato:

Si de repente una noche un viajero se acerca a ti en, por ejemplo, la estación de Cuenca, y te pregunta, digamos, si hace mucho que esperas el tren para empezar una conversación; si te dice que se llama (es un suponer) Juan Martínez; si empieza a llover, y se anuncia un retraso; si te cuesta mantener su mirada, no sabes de qué hablar, bajas los ojos incómodos hasta sus calcetines, sus zapatos desgastados, rotos, el bajo del pantalón, descosido; si te empiezas a preocupar por su exceso de interés; si de reojo ves en su ipad que ha googleado tu nombre; si saca unos papeles, y se cae al suelo la sentencia del TJUE sobre el derecho al olvido; si te pasa su tarjeta de visita, y lees el nombre de una empresa, impronunciable, terminado en “alia”…entonces has encontrado un consultor LOPD.

Ad Edictum dijo...

Don Wenceslao Miralles nos remite por e-mail este relato:

Derecho a olvidarse

Una de las habitaciones que atiendo en la residencia es la de Don Manuel. Bien temprano comienza el ritual, una extraña danza de sábanas, calcetines y espuma de afeitar. Hoy cuando vuelvo todavía continúa ahí, solitario en su sillón, esperando la llamada del desayuno.

Aquí la rutina hace inútiles los calendarios, y casi siempre los veo sentados en la sala, con el silencio roto por una vieja radio que canta coplas, algunos dormitando y otros con la mirada perdida. A veces vienen familias, pero nunca a ver a Don Manuel. Su mujer falleció, tiene tres hijos y por lo que cuentan dedicó su vida a un trabajo muy importante sin parar mucho por su casa.

Esta mañana tiene la televisión encendida, y en el telediario están hablando de algo importante de Internet.

- ¿Sabes, hijo, - me dice- la gran broma de estos tiempos? los jóvenes os preocupáis del derecho al olvido, y los viejos deseamos que alguien nos recuerde.

Anónimo dijo...

Supongo que todavía se puede participar en ese concurso. Ahí va mi humilde contribución. Bueno, de humilde nada, la verdad es que el mejor relato de los publicados hasta la fecha. A ver qué me vas a dar de premio:

Facundo cierra la puerta de un golpe. Enciende el portátil y teclea su nombre. ¡Pero hombre, si todavía sigue ahí el BOE con la multa que le pusieron! Vale, iba borracho. Está bien, atropelló un gato. De acuerdo, se empotró contra la puerta del garaje. Sí, se meó en los calcetines que tenía colgados la vecina del quinto (¡Qué puntería!). ¿Acaso no somos todos humanos? Facundo busca ahora alguien que le ayude. Teclea “derecho al olvido” y “asesor legal”. Irónicamente, gracias a Google, da con la web de un abogado que promete retirar cualquier dato de sus clientes que circule por Internet a un módico precio. “Este tío sí que sabe”, piensa Facundo. Marca el número del teléfono de contacto en su móvil. Contesta una voz amable: “Buenos días, señor. ¿Cómo nos ha localizado?”. “A través de Google. Aparecen entre los primeros resultados, o sea, que serán Ustedes buenos”, responde nuestro amigo. “No cuelgue, por favor. Le paso”.

Anónimo dijo...

Soy la Manoli y habéis perdido un lector.

Anónimo dijo...

Yo voto por los mini-relatos de La Manoli. Creo que deberían darle el Premio Planeta.

Anónimo dijo...

Yo voto por los mini-relatos de La Manoli. Creo que deberían darle el Premio Planeta.

Anónimo dijo...

EL DILEMA

- No, no. Ése no soy yo. Sí, puede que se parezca, pero ¿cómo voy a ser yo? Estoy harto de que me lo pregunten. Ni siquiera tengo perro. Me dan alergia. ¿Cómo se me iba a ocurrir….? Bueno, ya sabes, hacer eso… Sí, claro. Lo entiendo.

Mi vida era normal hasta que algún degenerado colgó ese vídeo en una página de Internet. No soy yo. N-O-S-O-Y-Y-O. ¿Entienden? Ahora tengo lidiar con estas conversaciones tan incómodas y dar explicaciones a mis amigos. Aunque ellos son los que deberían explicarme cómo han dado con ESA página y ESE vídeo. Como les digo: un degenerado…ni siquiera se quita los calcetines ¡Pobre perro!

Me han hablado de una sentencia del TJUE, del derecho al olvido, pero ¿cómo podría ejercer ese derecho y solicitar la retirada del vídeo SI NO SOY YO?

Anónimo dijo...

El primer Wassap ha entrado temprano. O tarde, según se mire. A las 6 de la mañana. Luego, 164 más.

Argumenta. Implora. Afirma que no tenía otros zapatos.

Exige que se reconozca su derecho al olvido. Derecho al olvido. Qué coño es eso.

Ni Pablo Iglesias se presentaría para conocer a los padres de su novia con sandalias y calcetines.

Derecho al olvido. Vamos, no me jodas.

Fdo. Un amigo (de la Manoli)