domingo, 2 de diciembre de 2012

¿Acaso Liberty Valance era una persona?

Hay un momento en “El hombre que mató a Liberty Valance” en el que Ramson Stoddard (James Stewart) viaja a Capital City, como delegado del pueblucho en el que vive, para participar en una Asamblea, y acaban eligiéndolo diputado.
 
No era ésa su intención. Son sus convecinos quienes le propone para el cargo, sin consultarle.
 
Otro de los presentes en la reunión, que obviamente quiere ser el elegido, se levanta diciendo palabras muy cuerdas, pero que en el contexto de la película no nos lo parecen tanto (Ford le da un toque de un político profesional, y por tanto, de demagogo): “¿Queremos que nos represente alguien cuyo único mérito consiste en haber matado a un semejante, a otro hombre?”.
 
Ramson Stoddard es un abogado, un hombre culto educado en el Este, que había llegado al Oeste lleno de buenas intenciones. Ya en la diligencia en la viaja, se topa con la realidad: Liberty Valance, el matón de turno, le roba y le da una paliza. A partir de ahí, todo va de mal en peor. Lejos de abrir despacho y ejercer su profesión, debe contentarse con lavar platos, y sufrir una humillación tras otra.

Cuando Liberty Valance mata al director del periódico local, amigo de Stoddard, éste por principios, y sabiendo que le van a liquidar, decide plantarle cara. Nadie en el pueblo apuesta un dólar por su cabeza. Sin embargo, en el duelo, milagrosamente, muere Liberty Valance, el tipo duro que tenía todas las de ganar.

Stoddard, no se siente orgulloso de lo que ha hecho (matar a otro hombre, a un cretino, eso sí, pero a un ser humano al fin y al cabo). Sobre todo, lamenta haberse rendido a la violencia. Pero para sus convecinos es un héroe.

Por eso, uno de los paisanos de Ramson, muy ofendido, le replica al otro candidato, como si aquello fuera una obviedad: “¿Acaso Liberty Valance era una persona?”.

Los que están en la sala aclaman enfervorizados a Ramson Stoddard (esto es democracia en estado puro), aunque él sabe que su contrincante tiene razón. Se marcha dispuesto a renunciar. Al abandonar la sala en la que transcurre la elección, Stoddard se topa con Tom Doniphon (John Wayne), que le explica que fue él quien disparó, desde un callejón, a Liberty Valance.

John Ford nos muestra la vuelta de Ramson Stoddard a la reunión con un abrir y cerrar de puertas magistral, con la cámara fija. Aquel día fue el inicio de una brillante carrera política y de una leyenda, la del hombre que mató a Liberty Valance, un símbolo de la Justicia frente a la opresión.

Muchos años después, Stoddard, convertido en senador, vuelve al pueblo para el entierro de Tom Doniphon. Todos se encargan de recordarle que él mató a Liberty Valance, como si aquello fuese la cosa más maravillosa del mundo. Y cuando él mismo cuenta a un grupo de periodistas la verdad, que fue Doniphon quien lo hizo, éstos se niegan a publicar la historia: “Esto es el Oeste –le dicen-. Cuando la leyenda imprime en tinta, deja de ser leyenda.”

“El hombre que mató a Liberty Valance” tiene muchas lecturas. John Ford rodó esta película, tan desencantada, tan nostálgica, un largo flash back en blanco y negro cuando todo el mundo utilizaba ya el color, con casi setenta años. La complejidad de los valores que refleja (la importancia de la verdad, de la ley o de la violencia, el papel de la prensa, la necesidad de hacer justicia o no hacerla,…) se ve acentuada por el mundo que retrata: Se sitúa en el fin de una era, de un estilo de vida, el del salvaje Oeste a punto de ser civilizado, y a punto de desaparecer también. No resulta sencillo decir quién obró correctamente o quién es el héroe de la historia. Sí parece claro que nadie que vea la película sentirá compasión por Liberty Valance, que pierde por completo su condición de persona para convertirse en un símbolo de todo lo que se odia, de todo lo malo.

Hace unos días, en la portada de El Mundo, aparecía la fotografía de un cadáver arrastrado por motoristas en las calles de Gaza. Se trataba de un hombre al que habían acusado de colaborar con Israel, y por tanto, ejecutado. Aunque no critico ni el hecho de matarlo ni la fotografía que nos acompañó en el desayuno (ambas cosas son justificables, compartamos o no los motivos por los que se hace), no deja de asombrarme la facilidad con la que se publican este tipo de imágenes. También me asombra que esto lo permita una sociedad que ha hecho del buenismo y de lo políticamente su santo y seña. Supongo que para muchos el muerto también ha dejado de una persona. Es difícil admitir la propia miseria moral.

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