martes, 31 de marzo de 2009

El concepto de bien común en la Sociedad de la Información (II)

Ustedes se preguntarán por qué les torturé el pasado miércoles con reflexiones tan obvias como que las nuevas tecnologías son buenas para todos.

Hay algo en lo que quizás no han reparado. A lo largo de la Historia de la Filosofía, los pensadores se han dedicado a construir complejos conceptos sobre las cuestiones más sencillas. Por ejemplo, cuando Bertrand RUSSELL daba clases a mi adorado WITTGENSTEIN en Cambridge, intentó hacer variar la opinión del filosófo austriaco respecto a que no es posible conocer nada empíricamente. RUSSELL le pidió que admitiese que no había ningún rinoceronte en el aula y WITTGENSTEIN se negó. ¿Absurdo, verdad? Lo peor de todo es que esta conversación la mantuvieron dos expertos en lógica.

Algo así ocurre con el concepto de bien común. En principio, cualquiera puede entender la idea de que una sociedad determinada debe conseguir para sus miembros un bien o una serie de bienes que les proporcionen la felicidad o las condiciones de vida adecuadas. En eso consiste el bien común. Sin embargo, la cosa se complica cuando los filósofos comienzan a tratar el tema. Desde SANTO TOMÁS, diversos pensadores, sobre todo cristianos, como Jacques MARITAIN, han reflexionado y escrito con notable fruición sobre qué debemos entender por bien común. Por tal motivo me sorprende, como les contaba el miércoles, que nadie haya reparado en las interrelaciones entre el bien común y la Sociedad de la Información cuando movimientos enormemente representativos del momento que vivimos (como el software libre) apelan en sus argumentos a este concepto.

Buenas noches.

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